domingo, 7 de febrero de 2021
Fallece el cantante Ricardo Silva por Covid-19
martes, 29 de diciembre de 2020
Lo que el Covid se llevó en 2020 y lo que nos espera en 2021
El final adaptado del manga de Gintama, del autor Hideaki Sorachi, llega a cines nipones el 8 de enero. Aunque no es tan popular en Latinoamérica, en Japón es todo un impacto. Una precuela dividida en dos partes saldrán antes y después del estreno de la cinta. Ya que sus películas animadas y live-action pudieron verse en algunos cines mexicanos, esperemos que la conclusión de esta trama de samuráis y aliens, comedia y peleas épicas, pise nuestro país en algún momento.
Por último, y quizá la más esperada desde 2012, es la última parte de la tetralogía de The Rebuild of Evangelion, la cual, como indica el título, es una reconstrucción de la historia de Neon Genesis Evangelion, un anime que renovó al género mecha y al anime en general, debido a la animación e historia en torno a "robots" gigantes piloteados por adolescentes con problemas existenciales y a la gran carga simbólica del judaísmo y cristianismo que nos dan a entender más de lo que se aparenta a simple vista.
sábado, 31 de octubre de 2020
Máscaras mexicanas y japonesas, conductos con el culto a los muertos
Este Día de Muertos será distinto a los que se han vivido en estas tierras. Si bien, todos los años fallece un ser querido o tenemos un conocido que perdió a alguien, este año el Covid-19 se ha llevado prematuramente a decenas de miles de mexicanos. El cambio en las medidas sanitarias convirtieron a los cubrebocas en herramientas para protegernos del coronavirus, y se establecieron como un accesorio de moda personalizado. En el contexto de las fiestas hacia los muertos, no faltan los diseños bordados y estampados con calaveras, catrinas e, inclusive, monstruos, que ocultan nuestros rostros y nos dan cierto anonimato cuando sin querer estornudamos en público.
Este aspecto de esconder por algún motivo nuestra faz, tiene que ver con las cualidades de las máscaras. De hecho, los cubrebocas pertenecen a una variedad de éstas.
Las mexicanas son de origen prehispánico, y fueron modificadas durante el Virreinato para facilitar la conversión de los indígenas al cristianismo, como aquellas presentes en las pastorelas. Las encontramos a lo largo del país bajo distintos aspectos y en diversas comunidades y festividades, en las que se incluyen las del culto a los muertos. Por tanto, estos artífices son parte del legado cultural e histórico de nuestro pueblo.
Celebrado entre el 28 de octubre (aunque puede variar al 30 ó 31 dependiendo de las comunidades) al 3 de noviembre, en la región de la Huasteca, el festival de Xantolo es conocido por sus máscaras hechas artesanalmente de permuche, cedro, y piel de vaca, mapache, ardilla o tejón.
Durante esos festejos, los pobladores salen con sus máscaras mientras danzan los sones huastecos. No se las quitan para nada, ya que, con los tintes carnavalescos de esta celebración, se adopta la identidad del "otro".
Las máscaras representan la comunión entre los seres humanos y la naturaleza, así como entre el hombre y las fuerzas sobrenaturales que se pueden denominar como "dioses". Son, además, el vínculo con nuestros antecesores y descendientes, una idea muy arraigada en las culturas prehispánicas y en las comunidades indígenas que hemos heredado a través de las generaciones. Y, claro, también tienen que ver con una sátira hacia la desigualdad social que se vivía en tiempos prehispánicos, virreinales y actuales, y cómo es la Muerte la que termina con ese problema.
Esto forma parte de la cosmovisión de nuestro pueblo: la importancia de la muerte, vista a través del júbilo y humor negro que nos caracteriza como mexicanos. Esta tradición durante el Día de Muertos abren nuestra mente hacia otros pensamientos y épocas, donde el respeto y el recuerdo hacia nuestros difuntos es interminable mientras haya vida.
El sintoísmo, más que religión, es una filosofía que une al ser humano con lo que lo rodea, tal como sucede con los preceptos del Xantolo, salvo con una diferencia: los yokai y espíritus pertenecientes al folklore japonés.
En el sintoísmo existe la creencia de que los muertos se convierten en kami (dioses menores o espíritus) y estos, a su vez, protegen a sus familiares aún vivos. Por ello, el ponerse o colocar máscaras en las casas representan a las criaturas que enlazan al mundo terrenal con el más allá. Incluso, se tiene la idea de que estos seres a veces usan las máscaras para camuflarse entre los humanos durante estos festivales dedicados a ellos.
En una época en que las máscaras, bajo forma de cubrebocas, se han convertido en habituales para nosotros, debería realzar la importancia de su uso para nosotros, para el otro, y para su connotación con la muerte y con un mundo más allá del que concebimos cuando damos nuestro último aliento en la tierra. Al final, la idea de repeler el mal y proteger aquello que en la vida y en la muerte valoramos es lo que se representa con estos objetos.
@YukiVongola
lunes, 14 de septiembre de 2020
Japón y el Centenario de la Independencia de México
Hace 210 años, la Nueva España se independizó del imperio español y se formó una nueva nación, México, país que estableció sus propias relaciones e impacto con otras naciones. Japón no fue la excepción, ya que, durante el mandato del presidente Porfirio Díaz, cuando se conmemoraba el Centenario de la Independencia, el país del Sol Naciente festejó al lado de los mexicanos de manera memorable.
Dada la buena relación entre ambas naciones, el emperador Meiji regaló a México dos jarrones de porcelana japonesa (tojiki) decoradas con dos águilas y con incrustaciones de perla y oro. Este obsequio con diseño tan patriótico fue entregado de manos de Yasuya Uchida, comisionado por el emperador.
El diplomático fue alojado en la mansión Brannif, edificada en 1888 sobre Paseo de la Reforma, que perteneciera a Thomas Braniff Woods, accionista y director de la empresa que finalizó las obras del Ferrocarril Mexicano, y su esposa, Lorenza Ricard Werdall, ambos estadounidenses. Tras el fallecimiento de este personaje, la mansión fue destinada, además de recibir al diplomático japonés, para una serie de eventos para las fiestas patrias de ese año.
Como parte de los festejos para el Centenario de la Independencia, se realizó en el Museo del Chopo la exposición "El Pabellón Japonés", inaugurada por Porfirio Díaz, el embajador de Japón en México, Kuma Horigouchi, Yasuya Uchida, y resto de la delegación de ambas naciones, el 2 de septiembre de 1910.
La exhibición contaba con pinturas y esculturas, así como objetos cotidianos japoneses: juguetes, herramientas para realizar cirugías, cerámica, bambú, katanas (espadas japonesas), kimonos, muestras de caligrafía, objetos para la ceremonia del té, arreglos florales (ikebana), entre otros.
La muestra, que duró dos meses, fue un éxito total, ya que el exotismo de la cultura japonesa y la funcionalidad de estos artículos decorados bellamente resultaron de gran interés para los mexicanos, por lo que los horarios del también conocido como Palacio de Cristal tuvieron que extenderse para dar cabida a los visitantes. Desde ese momento, comerciantes y miembros de la alta sociedad vieron con buenos ojos la mercancía nipona y se empezaron a importar sus productos.
Esta tarea le fue otorgada por el propio Porfirio Díaz, quien ya conocía su trabajo como diseñador de jardines, ya que era el encargado del área verde que circundaba al Castillo de Chapultepec y de los arreglos florales en su interior, cuando este sitio era la antigua residencia oficial de los presidentes.
Matsumoto introdujo, años después, las jacarandas en México. Primero, el presidente Pascual Ortiz Rubio solicitó al gobierno japonés la donación de árboles de cerezo (sakura) para que embellecieran las principales avenidas de la Ciudad de México, como Paseo de la Reforma, como símbolo de amistad entre las dos naciones. El canciller japonés le pidió a Matsumoto que los sembrara, pero él respondió que por la diferencia de los climas, los árboles de cerezo no eran muy viables. Después, con el presidente Álvaro Obregón, la idea volvió a surgir. El japonés recomendó las jacarandas, traídas desde Brasil, por su parecido con las sakura, y empezó a cultivarlas en el invernadero de su casa, ubicada en la Roma, para después plantarlas por toda la ciudad.
Japón fue parte de la historia de México en un festejo especial, no sólo por participar con una exposición o cultivar árboles para embellecer las calles, sino que estos hechos marcaron la relación amistosa entre estos dos pueblos y sirvió para el intercambio cultural, muy presente en la actualidad.
En esos años, ambos países se encontraban en etapas de modernización, de un interés por lo exterior que pudiera nutrir lo interior, de intentar darse a conocer internacionalmente y decir que su nación no era menos frente a los países europeos o Estados Unidos, por lo que el entendimiento entre sus gobernantes y habitantes fue acertado y aceptado.
La historia que nos une con el pueblo japonés, como en el caso de las jacarandas (árboles hermosos, aunque sean considerados una plaga), que creemos tan mexicano, y los importantes eventos durante el Centenario de la Independencia muestran el hilo rojo del destino que nos entrelaza: una hermandad forjada desde hace más de cien años que sigue floreciendo, sin importar las circunstancias del resto del mundo.
@YukiVongola
sábado, 12 de septiembre de 2020
A 35 años de Super Mario Bros. y su revolución gamer y cultural
En 1983, se cambió el nombre de Jumpman a Mario en Mario Bros. La elección se debe al parecido físico (bigote y su descendencia italiana) con el dueño del inmueble donde se encontraban las oficinas de Nintendo en Estados Unidos, Mario Segale. En este juego se sentaron algunas bases del personaje actual: fontanero, su hermano menor Luigi, y su sangre ítalo-estadounidense. Aunque, aún no veíamos el universo de Mario que hoy conocemos, sólo un fontanero que eliminaba plagas en tuberías. Nada extraordinario.
Se le adjudica a Super Mario Bros. ser el primer juego de plataformas de desplazamiento lateral, en que los jugadores podían moverse de izquierda a derecha y saltar. Esto podría no significar nada importante ahora, pero para la capacidad de las consolas de esa época fue revolucionario. El uso de ítems que pudieran otorgarle poderes a Mario o Luigi lo convirtieron también en un punto llamativo.
A eso, le agregamos el diseño de los ochos mundos, con cuatro niveles cada uno, que suponían un verdadero reto por lo extensos que eran y los obstáculos a vencer. Seguro todos le tomamos aversión a los niveles acuáticos en los videojuegos desde Super Mario Bros.
Que el personaje pudiera desplazarse hacia distintos planos le dio un sentido de continuidad al juego, no sólo en las secuencias de animación, sino en la trama misma, ya que permitía saber que había un inicio y final, con la opción, claro, de volver a jugarlo y poder cambiar la dificultad. Además, el juego contaba con grandes secretos, como los 257 niveles ocultos, incluyendo el misterioso nivel -1, que por años fue considerado una leyenda urbana entre los gamers.
Debido a las limitaciones de la NES, los desarrolladores tuvieron que ingeniárselas con algunos inconvenientes: el bigote fue una necesidad, debido que programar la nariz y la boca era difícil en esos años. Por tanto, se decidió añadir un bigote, el cual permitía a los jugadores identificar su nariz y saber dónde tenía su boca; el uso de la gorra fue para evitar que los jugadores notaran que su cabello no se movía mientras saltaba para matar Koopas; en tanto, los sprite (mapas de bits para diseñar personajes) de las nubes y arbustos son los mismos, sólo se les cambió el color.
En Super Mario Bros se introducen personajes emblemáticos: la Princesa Peach, Bowser, los Toad, el Reino Champiñón, y cinco años más tarde en Super Mario World, al dinosaurio Yoshi. El perfeccionamiento de las imágenes de estas criaturas fue realizado por el animador Yoichi Kotabe, cuyos diseños son el referente actual que todo el mundo conoce, con esa esencia amigable y adorable.
Kotabe colaboró con Hayao Miyazaki e Isao Takahata (quienes después fundarían estudios Ghibli) en Heidi (1974) como diseñador de personajes; y diez años años después, en la cinta Nausicaä del Valle del Viento como encargado de las secuencias animadas. Además, de ser el supervisor de animación de varias temporadas y películas de Pokémon.
Otro de los grandes aciertos con el que contó fue la música, compuesta por Koji Kondo (quien hizo lo propio en The Legend of Zelda), que está inspirada en un estilo de jazz y vals, cuyos ritmos y notas se acrecenta dependiendo de los mundos y niveles en los que se esté jugando.
Debido a estos aspectos, no es difícil imaginar por qué Super Mario Bros. fue un gran éxito y es uno de los videojuegos más vendidos en la historia, lo que sirvió para impulsar otras franquicias de Nintendo y, a su vez, aumentar la rivalidad con Sega (y, claro, con la mascota de Sega, Sonic), con lanzamientos de calidad de parte de ambas empresas y, con el paso del tiempo, con otras emergentes. Se podría decir que, a raíz de esto, la industria de los videojuegos revivió y dejó un campo fértil para nuevas creaciones.
Para festejar a Mario y compañía, Nintendo anunció Super Mario Bros. 35, un juego en línea competitivo para la consola Switch, que tendrá la animación del juego original, y que podrá jugarse a partir del 1 de octubre; y se espera el lanzamiento de Super Mario 3D World + Bowser´s Fury, que sigue el esquema de Super Mario Bros., pero con la Princesa Peach y Toad como personajes jugables, para febrero de 2021.
Además, en el Universal Studios de Osaka, Japón, se está construyendo un parque temático llamado Super Nintendo World, que traerá toda la emoción de los videojuegos a la vida real, y que se espera esté terminado para este año (en sí, estaba programado para antes del inicio de los Juegos Olímpicos de Tokyo, pero la pandemia de Covid-19 retrasó ambos proyectos).
Que Mario se haya convertido en un ícono de la cultura popular no particulariza a un juego o a una empresa, sino que engloba todo lo que hubo atrás y lo que dejó de legado, una herencia que sigue reinventándose y que sigue tan vigente tras 35 años como un parteaguas sobre los desafíos, la concepción artística y la narrativa que deben de contener los videojuegos.
@YukiVongola
jueves, 6 de agosto de 2020
Campos de concentración de japoneses en México y otros claroscuros tras 75 años de la 2GM
En tanto, el Comité de Ayuda Mutua alquiló un edificio en la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, para recibir a los trasladados y darles alojamiento a los recién llegados.
jueves, 28 de mayo de 2020
Criaturas folklóricas, ligadas a virus, reviven en tiempos de Covid-19
Ambos pueblos no sólo denominaban así a las enfermedades, sino que, como parte de su imaginario colectivo y que les eran desconocidas estas infecciones, asociaron éstas con dioses o criaturas fantásticas únicas de su cultura, entes que vuelven a ser recordados tras años o siglos de permanecer en el olvido con la actual pandemia.
Se define como imaginario a la concepción popular y colectiva que se tiene de la realidad cultural, social, histórica y política de una comunidad, que puede tener fundamento real o no. Entre ellos se encuentran los mitos y leyendas que cada nación comparte.
En el caso de México, tenemos a los dioses de las culturas prehispánicas. Como solía suceder hace siglos, los hechos inexplicables eran atribuidos a sus deidades. Estos representaban una dualidad, o sea, alguna característica que era alabada y otra que era temida por sus creyentes.
Tláloc no sólo era la deidad de la lluvia y de las cosechas, sino que también representaba las enfermedades, en especial las afecciones respiratorias. Está asociado de igual manera con causar y curar la lepra y otras afecciones de la piel. Este dios azteca fue conocido también en la cultura maya como Chaac y en la zapoteca como Pitao Cocijo, debido a la expansión comercial y territorial mexica.
Para evitar enfermedades y sequías, durante tres veintenas al año se le hacía ofrendas y sacrificios. Los rituales llamados Atlcahualo y Tozoztontli consistían en ataviar a niños con alhajas y vestimentas similares a las de Tláloc y, posteriormente, arrancarles los corazones. En cambio, en el festival Atemoztli se ofrecían figurillas hechas con masa de amaranto decorado con semillas de calabaza y frijoles, acompañadas de copal y alimentos.
En Japón, país muy apegado sobre sus creencias en yokai (monstruos o criaturas folklóricas), así como a las deidades sintoístas y budistas y a las interacciones de estos en la vida diaria de los nipones, regresaron del baúl de su imaginario colectivo a un ser que representa a los virus, el cual se está popularizando después de cientos de años.
Amabie, también conocido como Amahiko, es un yokai que puede simbolizar dos cosas: una cosecha abundante o una epidemia.
Su
leyenda nace en Higo, en la prefectura de Kumamoto. De acuerdo con
ésta, un objeto brillante se veía desde el mar durante todas las noches,
a mediados de mayo, en 1846. Un oficial fue a investigar tan misterioso
suceso y fue cuando descubrió al Amabie. En un bosquejo realizado por
el policía, este ser tenía el pelo largo, un pico, cubierto de escamas
del cuello para abajo, y el ya mencionado trío de patas. Que se retomen en estos momentos a Tláloc y del Amabie, aunque más a la criatura japonesa, es la forma jocosa y esperanzadora de tratar la pandemia que ha cobrado miles de vida alrededor del mundo.
Asignar una enfermedad o un desastre natural a una entidad deificada o criatura mítica es muy humano, y es una manera en que podemos depositar algo de responsabilidad sobre un suceso que no nos es grato.
Los pueblos mexicanos y japoneses somos muy dados a adaptar las creencias de nuestros ancestros a nuestra realidad, y la idiosincracia y el imaginario colectivo nos permite tomar otro tipo de actitud frente a la adversidad. Apoyarnos en nuestra cultura para seguir adelante es algo que sabemos hacer en ambas partes del mundo, aunque sea para distraernos un poco.


































